Permanecía absorto, admirando aquel hermoso arte en donde el cielo y las nubes brillaban naranja; perdido totalmente entre las remarcadas sombras expuestas ante él. Pero ese paisaje tan cercano lo sintió de repente muy lejano, y el horizonte no le pareció infinito. Vivir la realidad le resultó imperante. Abandonó entonces con prisa su asiento y allí sólo quedó la pantalla verde.
Llegué a la esquina prevista cerca del mediodía. Aguardé allí un rato, para asegurarme de que el dueño de la tienda ya hubiese salido a almorzar. Pasados unos minutos, me acerqué al Coppola’s. Su fachada era de una arquitectura antigua propia de Roma, pero evidentemente había sido remodelada. Dos grandes ventanas de exhibición, una a cada lado de la entrada, dejaban ver pirámides de sombreros sobre un fondo ocre. La puerta principal, polarizada en blanco, reflejaba pobremente mi pálida tez. Saqué entonces el juego de llaves proporcionado por mi enigmático cliente, entré a la tienda, e inicié un reconocimiento rápido. Dentro del lugar había varios estantes, ordenados simétricamente a lo largo y ancho del enorme salón cuadrado, un par de puertas en las esquinas posteriores y un mostrador en medio. Sobre éste último yacía descaradamente el cadáver. Era el cuerpo de un hombre delgado y de piel oscura. Tenía el torso desnudo, pies descalzos y un pantalón beige con negro. Además, una ser...
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